La medianoche se adelantó

Adriana Acevedo
5 min readFeb 28, 2019

No me resultó macabro hasta que me encontré con la última señal.

No sé si fue una llamada de atención –observa todo lo que has pasado por alto– o un aviso –a partir de este punto estás sola en esto–. Mi sentido común decidió hacer acto de presencia y lo tomé como una llamada de atención y ahí, ante la puerta, la llave dentro de la chapa, la mano sobre la perilla, retrocedí todos los pasos que había dado y volví a ver todo con nuevos, posiblemente más cansados, pero definitivamente presas de la sugestión, ojos.

No supe en dónde empezar, pero supuse que el rompimiento en la rutina era un buen lugar. Dejé pasar varios camiones, sabiendo que eso sólo prolongaría el lapso para llegar a mi casa. Y lo hice a propósito. Vi como los camiones, iluminados por dentro con distintos colores de luces de neón, pasaban, casi gateando frente a mí, y yo los observaba con atención, pero sin interés alguno en subirme.

Y luego vi el indicado, derramando luz roja en las escaleras de subida y de bajada, y no pude resistir la atracción magnética. La luz roja se sentía cálida sobre mi piel, como si me abrazara, pero sin sofocarme. No me senté, sino que permanecí parada, para estar más cerca de la luz que adornaba la conyuntura entre el techo y la ventana del camión. Al mirarla directamente no lastimaba, sino que pulsaba, parecía llamarme, incitarme a enfocarme en ella y sólo ella.

Hasta que un lugar se liberó y me senté a lado de una chica de lentes que iba tan ensimismada viendo a la ventana como yo lo iba viendo la luz. Ambas íbamos inmersas en lo que nos incumbía, sin inmutarnos del creciente número de personas que abordaban el camión. De hecho, yo no me di cuenta de que el camión se había llenado a su máxima capacidad hasta que una pareja iba parada a mi lado izquierdo, invadiendo mi espacio personal. No les presté atención, regresando a mirar a la luz.

El camión, a medida que el final de la ruta se acercaba, se fue vaciando lentamente, hasta que dejé de sentir la presión física de la pareja a mi lado. Al momento de que su ausencia se hizo presente, otra sensación irrumpió en mi contemplación. Sentí la caída de algo lo suficientemente pesado sobre mi hombro. Inmediatamente me revolví tratando de quitarme lo que sea que me cayó encima. Me pasé las manos, sacudí mi camisa en caso de que hubiera caído dentro, moví la cabeza de un lado a otro, saqué de su momento de silencio y observación a la chica de lentes y me vió tan confundida e incómoda que también me revisó el cuello y la espalda y declaró que no tenía nada.

Probablemente había sido una sensación fantasma. Pero fue tan real. Sentí el peso de lo que sea que me cayó encima tocar mi cuello. Tal vez se disolvió entre mi camisa. Tal vez se cayó al piso del camión y nunca lo vi.

Dejar el camión costó un poco de trabajo, tan acomodada en mi sitio ya estaba. Pero ya no podía aplazar más el trayecto a casa. Tenía que enfrentarme con ese monstruo invisible que es la pesadez de continuar. Mientras esperaba en el anden a que llegara un tren volví a sacudirme la camisa y de ella salió flotando un pañuelo de color hueso, impecable, elegante, que se posó con suavidad en el piso. Me le quedé mirando ahí, en el piso del anden, en donde resultaba completamente inocuo e inocente. Ahí, después de haber recorrido toda mi espalda por dentro de mi camisa. Cuando me agaché para recogerlo e inspeccionarlo con detenimiento, el tren llegó al anden, la ráfaga de aire que lo acompañaba hizo volar con gracia al pañuelo lejos de mi alcance. No tuve tiempo de siquiera plantearme recuperarlo, la gente me empujó hacia dentro del vagón.

Al salir de la estación por primera vez no reparé la soledad, el silencio y la creciente oscuridad que se había establecido en mi rumbo usual. Sólo un puesto de tacos, con unos focos blancos dolorosamente brillantes, estaba abierto, pero no tenía clientes alrededor. Miré la parrilla, casi vacía, y después al taquero y me encontré con que él ya me veía fijamente. Bajé la mirada, pero ahora en retrospectiva, volteé la cabeza y vi que de una esquina a la otra ese puesto de tacos era la única fuente de luz a parte de los tres postes de iluminación esparcidos por la cuadra.

Al dar la vuelta me encontré con una oscuridad casi total, tan total como la ciudad pueda permitir. Todos los negocios se encontraban cerrados, ni siquiera alcancé a la señora barriendo para al fin jalar la cortina de su tienda de abarrotes. Nada. Silencio, oscuridad y las huellas de los que guardaron, limpiaron y empacaron temprano para irse a su casa. Volteé de nuevo, pero nadie me seguía. Caminé un poco más aprisa, evite las sombras exageradas de los árboles y miré a ambos lados de la calle antes de cruzar.

La segunda vez que recorrí la ruta miré hacia arriba y hacia los lados, en vez de sólo al frente: todo estaba cerrado y ni una sola alma caminaba conmigo. En vez de sentirme a salvo en la soledad de la calle, sentí una apuración por llegar a mi casa, por refugiarme en paredes que conocía hasta la más mínima grieta. Las tablas barricando la entrada y las ventanas de un Oxxo que fue clausurado al menos dos semanas atrás se hicieron amenazantes, como si me estuvieran advirtiendo sobre algo. Caminé rápido frente a ese pedazo vacío, pero que aún así ocupaba un lugar dentro de la geografía de mi barrio.

No me encontré con nadie. No había ni señas de la señora de las quesadillas y su manta amarilla que brilla incluso en la noche más densa. Y luego llegué a mi puerta.

Y justo ahí, en la esquina inferior derecha había una muñeca. Deslavada, con ropas de color verde chillante, una perpetua expresión de alegría falsa cosida en su cara, un cabello rubio que invitaba a pensar en la falsedad del mismo y un peinado en el que se notaba que no hubo esfuerzo alguno por peinarlo en absoluto. Y sus ojos negros miraban hacia arriba, me miraban fijamente.

Así me quedé por un instante. La llave en la chapa, la mano en la perilla, la mirada sobre la muñeca y mi mente repasando todo lo que había pasado por alto hasta el punto en el que al pie de mi puerta encontré una muñeca. Saco la llave de la chapa, pero dejo la mano sobre la perilla, saco medio cuerpo para mirar a ambos lados de la calle para tratar de ver a alguien quien haya dejado la muñeca aquí. No veo a nada ni a nadie. Miro hacia el otro lado de la calle, atinando a los balcones, a lo mejor un vecino creyó que era una buena broma y ahora quiere ver mi reacción. Nada tampoco.

Vuelvo a meter la llave en la chapa, la giro, empujo la puerta y entro. Miro la espalda de la muñeca desde el otro lado de la puerta y ahí me quedo un rato. Mirando, observando, esperando a que la muñeca cobre vida y se azote contra la puerta de cristal, pero al mismo tiempo deseando que la muñeca sea sólo una muñeca y haya sido dejada aquí por error. Giro hacia el recibidor, no hay luz en mi edificio. Y entonces comprendo.

Es un aviso. De qué, aun no estoy segura. Pero algo me dice de que antes de que abra la puerta de mi departamento lo sabré.

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Adriana Acevedo

La realidad mata; la ficción salva. Ferviente creyente y practicante del impulso humano de contar historias. Sólo escucho a The National y Shakira.