Sobre cómo ser adulto por voluntad propia pero sin tener de otra

Adriana Acevedo
5 min readJan 5, 2020

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Desde que tengo memoria, he querido ser adulta. Recuerdo que a los 13 años soñaba con independizarme a los 18 y vivir en Nueva York, estudiando literatura. Claramente no tenía ni idea de cómo funcionaba el mundo entonces y me pareció que 5 años más de vida eran más que suficientes para independizarme. Llegaron los 18 y no estaba viviendo en Nueva York, sino que seguía viviendo con mi madre, para nada independiente y muy cómoda en mi privilegio. Nunca tuve que preocuparme por nada y he de admitir que era un ser humano bastante inútil y dependiente de mi madre.

Se fueron los 18 y llegaron los 23. El final de mi licenciatura se abalanzó sobre mí y la cacería de empleo fue tortuosa, larga y casi me deja sin esperanza. Evidentemente cierta exageración está implícita. Pero algo que no está exagerado es que desde que empecé el último semestre de la carrera estaba haciendo todo lo posible para sabotearme. No estaba conforme con mi tesis — sigo sin estarlo — dejé para el último momento todos los trámites burocráticos, me rehusaba a pensar en la inminente graduación y evitaba toda mención de la vida después de la carrera, porque, verán, no existía vida después de la carrera para mí. Después de haber estudiado tantos años, me resultaba tremendamente extraño y alienígena existir sin tener la estructura de la escuela. Y tanto me conflictuaba que acepté que todo se me estaba viniendo encima y necesitaba ayuda. Así llegué a la fluoxetina y terapia.

Me empecé a cuestionar qué era lo que realmente quería de esta vida y dejar de existir no era opción. Tuve suerte y contaba con una increíble red de apoyo. Me di cuenta de que lo que había soñado en mi adolescencia era improbable conseguirlo tan joven y no estaba perdiendo mi tiempo al no haber logrado nada relacionado, aunque eso es mitad mentira. Todo a su debido tiempo y está bien si me tardo un poco más en lograrlo. Siempre tuve expectativas muy altas para mí misma. Esto en parte me agobiaba bastante pero lo que realmente fue la gota que derramó el vaso fue mi total y completa insistencia en no querer ser adulto.

Como una de mis amistades más cercanas y queridas me señaló, yo ya estaba haciendo cosas de adulto antes de acabar la carrera. Tenía un trabajo real— que aún conservo por apego — que yo me empeñaba a decir que era de mentiras porque no paga bien. Mi madre ya no me daba dinero y ya podía solventar mi vida social y mi habito de comprar y coleccionar libros. Podía comprarme ropa con lo que ganaba y podía invitar a mis amistades a comer. Podía hacer varias cosas que se considerarían de adulto pero yo no lo podía ver porque pensaba que eso era lo que se esperaba de mí y era lo mínimo que podía hacer con mi salario. Cierto, no pagaba renta ni hacía mi propio súper ni lavaba mi propia ropa — cosas que no tenía deseo alguno de hacer — pero al menos ya había entrado al ámbito laboral, por más de juguete que yo lo haya considerado.

Durante todo este proceso en el que ya gozaba de cierta independencia económica pero insistía en que era de mentira, mi red de apoyo seguía siendo la voz de la razón en mi necedad absoluta. Para mí, ser un Adulto Certificado implicaba pagar renta, hacer el súper por cuenta propia, pagar servicios y tener un trabajo. Ya estaba cumpliendo uno de los requisitos para ser Adulto Certificado y no es que no me diera cuenta, sino que me rehusaba a reconocerlo como tal. Tener un trabajo “de juguete” para mí no contaba porque no pagaba bien y con él no podía mantenerme pero aprendí que es un trabajo de todas formas porque paga y tiene horas laborales establecidas. Y ese aprendizaje no fue el único: resultó ser que uno no se convierte en adulto de la noche a la mañana, a uno no le dan una licencia para Ser Adulto, sino que se trata de un proceso gradual que uno empieza sin darse cuenta realmente. No recuerdo haber hecho un berrinche cuando buscaba mi primer trabajo y no recuerdo haberlo sufrido en los primeros meses, principalmente porque vivía muy cómodamente y no tenía ninguna preocupación económica. Ahí empezó mi lenta pero segura transformación en adulto.

Esta semana cumplí un mes en el departamento que rento con mi propio dinero con mi roomie. Y no conseguí departamento porque hubiera presión externa a mí de evacuar la casa de mi madre, sino que sentía que ya era justo y necesario. Por y para mí. Esta semana cumplí un mes de ser Adulto Certificado y no fue un cambio radical como yo esperaba. Me sigo sintiendo igual de confundida ante la vida y sigo teniendo el hábito de comprar libros y no leerlos. Lo único que cambió fueron mis ingresos y mis gastos, que debería aprender a moderarlos, pero eso es parte de ser otra categoría de Adulto.

Y ahí está de nuevo. Parece ser que para mí no hay un concepto establecido de Adulto y va cambiando conforme voy desbloqueando los niveles. Un Adulto de categoría más alta que yo sabe cómo administrar sus gastos y ahorrar. Uno de dos categorías más altas que yo tiene coche. El de la siguiente categoría se va de viaje. El de la siguiente está casado. Y así hasta el infinito. Lo que me lleva a pensar “¿De dónde vienen estás categorías de adulto pre-establecidas que estoy interiorizando?” Honestamente no lo sé pero son un estándar bastante alto para alguien recién egresada de la carrera, con dos trabajos y su primer departamento a los 23 que no tiene por qué seguirlo.

Si algo he aprendido de terapia y de escuchar a mi red de apoyo es que no hay forma correcta de ser adulto. Y si ser adulto para mí significa tener un departamento, tener trabajo y mantenerme, entonces está bien. Si voy a ser adulto, va a ser a mi manera y con la debida medida. No tengo que aprender a ser adulto en un plazo de 24 horas, sino que voy a ir aprendiéndolo con los años, a su debido tiempo, con las metidas de pata que implica. Y a veces está bien que media docena de personas te lo repitan hasta el cansancio para que lo entiendas. Lo que importa es llegar ahí.

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Adriana Acevedo

La realidad mata; la ficción salva. Ferviente creyente y practicante del impulso humano de contar historias. Sólo escucho a The National y Shakira.